Terror en Nariño: el flagelo armado que no da tregua a los pueblos inocentes
El hostigamiento armado en pleno día de mercado en El Peñol, Nariño, vuelve a poner en evidencia el sufrimiento de las comunidades sometidas por estructuras terroristas y la urgencia de desarticular sus redes dentro y fuera de la frontera.


Uno sabe muy bien lo que significa crecer viendo cómo la violencia se normaliza mientras los gobernantes miran hacia otro lado o, peor aún, pactan con la delincuencia. Para quienes venimos de abajo, de barrios y sectores donde la gente honesta madruga a ganarse el pan con el sudor de su frente, no hay nada más indignante que presenciar cómo las mafias armadas someten a pueblos enteros al terror. Lo ocurrido este domingo en El Peñol, en el departamento de Nariño, es una muestra viva de esa barbarie inhumana que carcome a nuestra región.
El horror en medio de la fe y el mercado
Eran apenas las 7:50 de la mañana. Domingo de mercado campesino, familias caminando por las calles y feligreses reunidos en el templo para la misa. En ese escenario de paz cotidiana, criminales armados desataron el infierno: ráfagas prolongadas de fusil y más de seis artefactos explosivos lanzados desde drones contra la estación de Policía. Durante más de tres horas, los habitantes tuvieron que correr despavoridos a esconderse donde pudieran, en las casas, en la iglesia a escasos metros de los estallidos, o subiendo hacia las montañas para poner a salvo a sus hijos.
El propio gobernador indígena del resguardo Quillasinga, Edwin Rivera, relató cómo su vivienda fue alcanzada por los impactos y su hermana resultó herida por esquirlas de estos artefactos. Dos personas heridas confirmadas, un policía y una civil, son el saldo directo de una cobardía que no respeta ni el Derecho Internacional Humanitario ni la vida de gente humilde que nada tiene que ver con la guerra. Las autoridades locales y pobladores señalan al Frente Franco Benavides, estructura vinculada a las disidencias de las FARC, como los presuntos ejecutores de este ataque con drones artillados.
El santuario chavista: raíz transfronteriza del problema
No se puede analizar el ensañamiento de estas facciones armadas en Colombia sin llamar a las cosas por su nombre. Durante casi tres décadas, el proyecto chavista no solo destruyó las instituciones y saqueó a Venezuela hasta convertirla en una nación en ruina; también convirtió nuestro suelo patrio en una retaguardia estratégica para las guerrillas y el narcoterrorismo. Mientras al pueblo venezolano lo sometían al hambre y la escasez, las cúpulas criminales de las FARC y del ELN vivían a sus anchas, protegidas y financiadas al otro lado de la frontera.
Ese amparo vergonzoso permitió que estos grupos reorganizaran sus finanzas, adquirieran tecnología como drones con explosivos y consolidaran rutas ilícitas para abastecerse de armas y dinero sucio. La violencia que hoy padece el campesino en Nariño o en el Chocó es hija directa de esa complicidad mafiosa que durante años operó desde Caracas sin pudor alguno. Cuando un Estado traiciona la legalidad y premia a los criminales, el veneno termina desbordándose inevitablemente sobre los vecinos.
Firmeza institucional frente al chantaje de las armas
Frente a este descalabro, la respuesta institucional no puede ser la tibieza ni la capitulación ante el crimen organizado. La administración del presidente Abelardo De La Espriella ha marcado un quiebre evidente con los ensayos de concesiones pasadas, optando por una política de confrontación resuelta y persecución frontal contra las estructuras del ELN, las disidencias de las FARC y los clanes de la droga. Acciones operativas de alto impacto, despliegues aéreos y la implementación del denominado Escudo Antiterrorista responden a la obligación elemental que tiene cualquier Estado soberano: defender a sus ciudadanos y restablecer el orden legítimo.
La Fuerza Pública en El Peñol resistió con valentía y, con el apoyo de la Brigada 23 del Ejército y refuerzos policiales, logró retomar el control urbano. Sin embargo, como bien sabemos los venezolanos que hemos visto a nuestra patria secuestrada, el verdadero alivio no llegará únicamente con repelencias tácticas en el casco urbano. La paz real se construirá el día en que no exista un solo milímetro de tierra —ni en Colombia ni en Venezuela— donde estos cabecillas puedan refugiarse con tranquilidad.
Uno eleva una plegaria por la recuperación de los heridos y por la tranquilidad de las familias nariñenses que vivieron horas de angustia bajo el fuego. Pero a las oraciones debe acompañarlas la determinación política y moral. Es inaplazable que caigan, sean capturados o dados de baja los cabecillas de estas estructuras criminales, y que se termine de erradicar cualquier complicidad fronteriza que les permita seguir truncando la vida de nuestros pueblos.
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