Cargos por tortura en Nueva York: la cúpula chavista ante el espejo de sus propios crímenes
La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York prepara acusaciones penales por tortura contra Nicolás Maduro y Cilia Flores. Este paso histórico traslada la barbarie de las mazmorras del régimen a los estrados federales, alcanzando a una red de jerarcas ya señalados por la justicia.


El peso de la ley tarda, pero cuando aprieta lo hace sin miramientos. Desde que Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron capturados y recluidos en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, el tablero político y judicial cambió de forma definitiva. Ahora, lo que comenzó como un proceso centrado en el narcoterrorismo y el tráfico de armas está a punto de dar un salto de proporciones históricas: la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York alista una nueva imputación que pondrá sobre la mesa la verdadera naturaleza del régimen, acusándolos formalmente por la tortura sistemática y el secuestro de ciudadanos estadounidenses.
Es un punto de inflexión indiscutible. Quienes padecimos de cerca el desmantelamiento institucional y la instauración del terrorismo de Estado en Venezuela sabemos que la tiranía nunca distinguió pasaportes. Torturaron a venezolanos humildes, a militares institucionales, a estudiantes y a extranjeros por igual; cayeron en sus garras estadounidenses, franceses, españoles e italianos. Sin embargo, en el ámbito judicial de los Estados Unidos, esta acción penal representa la primera vez que se imputa de manera directa a la cabeza visible de la cúpula chavista por crímenes que constituyen flagrantes violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad.
De fichas de canje a expedientes criminales
Durante años, el régimen perfeccionó una política perversa: la toma de rehenes de Estado. Detenían a extranjeros bajo acusaciones absurdas y fabricadas para utilizarlos como fichas de negociación geopolítica. Los encerraban en las mazmorras subterráneas de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) o en los sótanos del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), sometiéndolos a tratos inhumanos mientras desde los micrófonos oficiales fingían soberanía.
Los relatos que sustentan las investigaciones de los fiscales neoyorquinos y los fallos en cortes federales describen un cuadro desgarrador:
- El calvario de Matthew Heath: El veterano de los Marines, detenido arbitrariamente en 2020 y liberado a finales de 2022, padeció asfixia por inmersión (waterboarding), descargas eléctricas en partes íntimas, privación prolongada de sueño y constante acoso psicológico, situaciones que lo llevaron a un intento de suicidio en su celda.
- El caso de Jerrel Kenemore: Sometido a cientos de días de aislamiento forzado, desnutrición inducida y negativa sistemática de atención médica, hechos que motivaron una sentencia civil indemnizatoria histórica en Florida.
- Los directivos de CITGO: Seis ejecutivos secuestrados mediante engaños institucionales y mantenidos durante casi un lustro en condiciones deplorables, hacinados y sin garantías procesales básicas.
Estas atrocidades no fueron incidentes aislados ni excesos de subalternos descarriados. Respondieron a una política deliberada diseñada desde el palacio presidencial y ejecutada por una estructura criminal bien aceitada.
La telaraña de cómplices ante la justicia federal
El cerco judicial en Nueva York no surge en un vacío. Se complementa con las acciones civiles y penales que han venido avanzando en el Distrito Sur de Florida, donde las víctimas han acudido para desmantelar la impunidad de los verdugos. Las notificaciones por edicto público ordenadas por los tribunales federales en los casos Matthew John Heath v. Nicolás Maduro Moros (1:25-cv-20040-JB) y Jerrel Kenemore v. Nicolás Maduro Moros (1:25-cv-23652-GAYLES) dejan constancia de que la responsabilidad no termina en la pareja recluida en Brooklyn.
En esos expedientes judiciales figuran nombres clave de la estructura represiva y política:
- Operadores de inteligencia y ejecutores: Alexander Enrique Granko Arteaga, Iván Rafael Hernández Dala y José Miguel Domínguez Ramírez, señalados reiteradamente en informes de las Naciones Unidas como responsables directos de cadenas de mando donde se cometieron suplicios físicos inimaginables.
- El brazo político e institucional: Delcy Rodríguez Gómez, Jorge Rodríguez Gómez, Diosdado Cabello Rondón y Néstor Reverol Torres, artífices de la narrativa y la estructura de poder que avaló el secuestro de rehenes.
- El aparato judicial cómplice: Tarek William Saab, quien utilizó el Ministerio Público como un brazo ejecutor de persecución y encubrimiento de crímenes de lesa humanidad en lugar de garantizar la ley.
- Intereses económicos y aliados criminales: Alex Saab Morán, Minerven y grupos armados como la Segunda Marquetalia, integrados a la maquinaria ilícita que sostuvo al régimen.
Cada una de estas notificaciones judiciales evidencia que la comunidad internacional y los tribunales occidentales tienen perfectamente identificada la cadena de mando. Ya no hay inmunidad diplomática inventada ni retórica soberanista que tape la realidad de los hechos.
El cinismo del verdugo frente al espejo
Resulta de un cinismo mayúsculo que la defensa de Cilia Flores intente solicitar arresto domiciliario alegando razones de salud. Aquellos que negaron atención médica básica a presos que agonizaban en celdas de dos por dos metros, aquellos que permitieron que detenidos murieran bajo custodia del Estado sin una sola pastilla para el dolor, ahora pretenden invocar consideraciones humanitarias en un sistema de derecho que ellos mismos destruyeron en Venezuela.
La justicia estadounidense no puede vacilar ante esas maniobras. El riesgo de fuga y de interferencia con testigos es absoluto cuando se trata de personas que manejaron fortunas saqueadas del erario público y controlaron aparatos paramilitares transnacionales. La fiscal Jamie McDonald y su equipo tienen en sus manos la oportunidad de sentar un precedente contundente: quien utiliza el secuestro y la tortura como herramienta política debe responder con todo el peso del código penal.
Un llamado a la memoria y a la reinstitucionalización
Ver a los jerarcas del régimen responder por delitos de tortura reivindica la memoria de cientos de venezolanos y decenas de ciudadanos extranjeros que padecieron la barbarie de una tiranía desalmada. El chavismo descompuso a la sociedad, fracturó a las familias y mancilló las instituciones republicanas para construir un feudo de impunidad. Creyeron que las fronteras de Venezuela eran un muro infranqueable donde sus abusos quedarían impunes para siempre.
Hoy, el avance de estos cargos penales en Manhattan demuestra que la era de la intocabilidad terminó. Para que Venezuela logre una recuperación verdadera, no basta con desarticular los nexos internacionales del crimen; se requiere una justicia implacable que identifique y castigue cada acto de crueldad. Las víctimas de la DGCIM y del SEBIN merecen algo más que compensaciones civiles: merecen ver a sus torturadores y a quienes dieron las órdenes condenados de por vida en una prisión federal.
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